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El conocido refrán popular recuerda la proximidad de ambas fiestas porque el día de San Antón o san Antonio abad, celebrado el 17 de enero, abre el ciclo festivo del nuevo año. La imagen del santo se reconoce fácilmente en todas las ermitas, iglesias, pinturas y estampas porque se representa por medio de un anciano barbado cubierto con un capote en el que destaca la letra tau (T) en color azul sobre su hombro izquierdo. Se apoya en un bastón, del que suele colgar una campanilla y a sus pies siempre lo acompaña un cerdo, iconografía que los imagineros en la Edad Media fijaron al santo como símbolo de las tentaciones de la carne vencidas por este en el desierto. Sin olvidar que las principales fuentes de financiación de la orden fueron las limosnas y los cochinillos, que se criaban sueltos por las calles, siendo respetados y alimentados por los vecinos. Cuando llegaba la época de la “mantanza” eran sacrificados y su rédito era entregado a los frailes. Tradicionalmente es el patrón de los animales. La relación con estos es profunda, las tentaciones y visiones que el santo soportaba estaban repletas de animales grotescos, aunque también se le atribuye la sanación de varias especies a lo largo de su vida. 

Historia del cerdo de San Antón. 

En numerosos pueblos manchegos se celebra esta fiesta y siguen manteniendo la tradición del cerdo de  San Antón.  Se cree que la tradición del cerdo de San Antón se remonta al menos a la Edad Media, pues era costumbre de hospitales y hospederías soltar sus animales para que pastasen libremente por los alrededores. Para evitar que cualquier desalmado los robase era rito obligado ponerlos bajo la tutela y el patrocinio del santo: nadie en su sano juicio se atrevería a llevárselos provocando la ira de su benefactor.

En los meses de febrero o marzo de cada año, era común hasta hace muy poco donar un cochinillo como agradecimiento a algún favor recibido de San Antonio. Por lo general se le colocaba en el cuello una cinta de color con una campanilla, y tras ello se soltaba para que deambulase libremente por las calles en busca de alimento y compañía.

Al término de las Pascuas los cofrades de San Antón o los vecinos del barrio aledaño a la ermita, se dedicaban a vender boletos de rifa por todo el pueblo con la malsana intención (para el cerdo) de rifar al animal y costear así los gastos de los festejos. 

A este loable cometido se unía el de los jóvenes pidiendo leña de casa en casa para la famosa hoguera, a encender durante la noche de la víspera de San Antón en las inmediaciones de la ermita. Era frecuente que los chavales llamaran a las puertas al grito de: “¡Leña para la hoguera de San Antón!”; si el vecino respondía con una aportación los niños lo bendecían con un “¡Que San Antón se lo pague!”; en caso contrario la maldición de la chiquillería era solemne: “¡Si qui’a se le muera el gorrino!” (es decir, “si quiera se le muera el gorrino”, en el sentido de “ojala se le muera”).

El fuego de san Antón

San Antonio nació en el Alto Egipto hacia el año 250, hijo de ricos y nobles padres. A sus veinte años oyó en la iglesia un pasaje que decía: “Si quieres ser perfecto, vende tus bienes y reparte entre los pobres”. Así lo hizo y se retiró como ermitaño en el desierto, con el tiempo fue seguido por otros ermitaños o enfermos que se acercaban atraídos por su aurea de santidad. Sus reliquias milagrosas fueron llevadas a Alejandría donde un noble francés tomó una de ellas y la llevó consigo a Francia en el año 1074. Por aquella fecha corría una grave enfermedad, la conocida como “fuego sacro”, posteriormente, “fuego de san Antón” porque se creía que las reliquias del santo curaban el mal. De ahí que en el año 1095 se creara la orden de los hospitalarios de San Antonio, una orden que hunde sus raíces en el antiguo Egipto con triple régimen: religioso, militar y médico. Muy temprano prevaleció su carácter hospitalario acogiéndose la orden a la regla de San Agustín, llegando a regentar 369 centros asistenciales en toda la cristiandad.

El fuego de san Antón era una enfermedad más temida que la lepra, pues producía la muerte en la mayoría de los casos. Atacaba principalmente a las extremidades. Los enfermos sentían en primer lugar un frío intenso, que cambiaba con el mismo rigor a ardor en la carne. El calor era tan intenso que daba la impresión a quien lo padecía de que se quemaba por dentro. De ahí su nombre. Poco a poco las extremidades se gangrenaban, se secaban y se desprendían del cuerpo. También podía afectar a las vísceras intestinales, en cuyo caso los enfermos morían entre dolores insoportables. El nombre científico de la enfermedad es “ergotismo” y lo produce un hongo tóxico del centeno (claviceps purpurea), llamado vulgarmente “cornezuelo del centeno”. La harina obtenida de este cereal era la base del pan con que se alimentaban los más pobres, quienes, lógicamente, la padecían con mayor rigor. Los afectados acudían a los monjes buscando la protección del santo. El único remedio conocido era la peregrinación a Santiago, de ahí que en torno a la ruta jacobea surgiera una red hospitalaria en toda España y Europa para la atención de los enfermos. Allí, en aquellos hospitales los enfermos eran tratados con varios remedios, uno el “pan de san Antón” y “el vino milagroso”. Y los enfermos se curaban. Pero, claro, no por la intercesión del santo, sino por el cambio de dieta ya que el “pan de san Antón” era elaborado con harina de trigo, libre de contaminación. El mismo alimento les procuraban a lo largo de todo el trayecto, por lo que la mejoría avanzaba conforme el peregrino se acercaba a Santiago. El fervor de los devotos y las limosnas redundaban y enriquecían la orden hasta que en 1597 la Facultad de Medicina de Marburgo asoció la enfermedad con el hongo. Al conocer la etiología se actuó sobre ella y los hospitales especializados en esta dolencia comenzaron a perder la reputación y los favores que habían gozado en siglos anteriores.

La tradición en Albacete

San Antón, como popularmente se conoce, siempre gozó de devoción en Albacete. Los antecedentes escritos más remotos datan del año 1519, fecha en que comenzó la edificación de la ermita en la zona norte de Albacete, entonces un despoblado tal y como exigían los estatutos de la orden, junto al antiquísimo camino de san Benito, que enlazaba la villa con los pueblos de la ribera del Júcar. De esta ermita tomó su nombre la calle que aún existe y que se extiende desde el parque Lineal hasta la confluencia con la calle del Rosario. La ermita y su hospicio en Albacete ocuparon un gran solar, donde, en parte, hoy en día se levanta el colegio de san Antón. Debido al fervor popular fue la más grande y la mejor decorada de las que hubo en Albacete. Ya en el siglo XVI se acercaban las gentes con sus animales para lograr la protección del santo. La fiesta se amenizaba con cohetes y tenderetes con comestibles, pero sobre todo con las hogueras que se encendían la víspera y cuyas cenizas y carbones eran recogidas por la gente como reliquias. Creemos que, a pesar de la escasa documentación conservada al respecto en Albacete -rasgo común al resto de encomiendas españolas- su importancia debió ser considerable debido a que, en la Edad Media, el santo era el único “remedio” contra una terrible enfermedad: el “fuego de san Antón”

Año 1770, croquis de la ermita de San Antón, inserto en la licencia de obra que la encomienda de Albacete solicita al ayuntamiento para edificar un atrio en la ermita. La numeración explica todas las dependencias, resaltando la iglesia con el número 1, y el 5 que nos indica que en sus muros albergaba otra ermita, la de la Virgen de Loreto. AHPAB, signatura 172, expediente 10.

El declive y desaparición de la orden de san Antón

El incremento de las medidas higiénicas en el siglo XVII, su continuidad en el XVIII, los fundamentos utilitaristas de los ilustrados que consideraba excesivo el número de religiosos en España, las disensiones internas en las encomiendas y el control de las suculentas rentas, censos y juros desembocaron en su supresión por el Papa Pío VI en 1787, a petición del rey Carlos III de España. Los bienes debían integrarse en el Patronato Real previo inventario que debían realizar las justicias de cada lugar. La supresión definitiva en España llegó en el año 1791, fecha en la que el ayuntamiento de Albacete abrió un expediente o “testimonio literal sobre el portento ocurrido el día 23 de enero del presente año en la ermita de San Antonio Abd por haberse oído tacar la campanilla que el santo tenía en la mano estando las puertas cerradas y posteriormente advertirse su santo rostro sudado”. Tras este extemporáneo milagro del que fueron testigos, casualmente, dos regidores municipales se oculta el afán del ayuntamiento por el control de los bienes de la comunidad. De hecho, reabrieron la ermita y celebraron misa, siendo sancionados por el Consejo Real y prevenido el obispo de Cartagena por este hecho y por haber rescatado ritos caducos como la “ceremonia ridícula del baño”.  

En 1792, el ayuntamiento solicitó a la Cámara Real de Castilla licencia para poder utilizar la casa y ermita que los religiosos de Murcia tenían en la villa por haberse convertido el atrio de esta en hospicio profano acogiéndose en él los trajineros con carruajes y caballerías. Pretendían instalar en sus dependencias una casa de Misericordia.

En 1805 se ubicó el cementerio municipal en su explanada, allí permaneció hasta 1879. Durante las guerras carlistas la ermita, situada en un punto estratégico en cuanto a las comunicaciones viales, tomó una nueva función como fuerte defensivo.

En 1899 se convirtió en asilo de ancianos con la llegada de las Hermanitas de los Pobres quienes se trasladaron definitivamente a su ubicación actual, calle Doctor Beltrán Mateos, en 1925. Ese año fue derribada la antigua ermita. En la actualidad de san Antonio abad o san Antón queda el nombre de una calle, un barrio, un colegio, una residencia de ancianos y la fiesta del 17 de enero que congrega todos los años a dueños y mascotas, sustitutos de los animales de labor o de consumo que no hace tanto tiempo recibían la bendición del santo. Hoy, la fiesta se desarrolla en un ambiente más lúdico, popular y pintoresco que religioso. Como vemos, la tradición, aunque con diferencias palpables, se mantiene, por ello hemos creído oportuno indagar en sus orígenes. 

Fuentes : 

Archivo Histórico de Albacete 

La Mancha y el gorrino de San Antón. Una tradición milenaria -SaberSabor

Documento del mes de enero de 2021. Croquis de la ermita de San Antón (Año 1770). Archivo Histórico Provincial de Albacete. | Portal de Cultura de Castilla-La Mancha

Para ampliar información: 

'San Antón', ritos y tradiciones (almodovardelcampo.es)

Sobre las epidemias del fuego de San Antonio (conicyt.cl)

 

 

 

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