Damasquinado de Toledo
El Damasquinado toledano tiene un origen incierto. Su nombre hace referencia a la ciudad siria de Damasco por lo que tradicionalmente se ha considerado que lo introdujeron los musulmanes en la Península Ibérica a comienzos del siglo VIII. Sin embargo, hay evidencias anteriores de esta técnica (ataujía) como muestran las falcatas ibéricas encontradas, decoradas con alambre de plata, o las fíbulas y otros ornamentos visigodos.
Este arte puede ser definido, según lo hace la Fundación Damasquinado de Toledo, como: “un laborioso arte ornamental consistente en la incrustación de hilo de oro y de plata sobre un soporte de hierro o acero dulce que previamente ha sido picado o rayado con una cuchilla, a fin de crear un mordiente donde la mano del damasquinador, ayudada de un punzón y un pequeño martillo o maceta, incrusta el metal noble. La pieza así damasquinada es sometida después a un proceso de pavonado para conseguir el contraste entre el oro y el negro. Finalmente, el artesano cincela o “repasa” la pieza sirviéndose de una gran variedad de cinceles”.
El proceso de creación de cualquier pieza de damasquino es lento, arduo, tiene mucho trabajo y no hay dos piezas iguales. El proceso comienza por dar forma a la pieza de hierro que se quiere decorar. Posteriormente, esa pieza es marcada creando los surcos, líneas y formas que va a tener la pieza con un buril o una cuchilla. Una vez trazado el diseño, con la mano, se incrusta el hilo de oro o láminas de seis micras con un punzón de base plana. Tras incrustar el oro en las hendiduras, con otro punzón más ancho y un martillo, llamado botador, el artesano procede a fijar las láminas e hilos de oro. Finalmente, una vez concluida la pieza, se somete al pavonado al fuego (para obtener el tono negro del fondo y el rojizo de la decoración), procediéndose después al repasado, bruñido y montado de la misma en el objeto que se desea realizar.
Las piezas ornamentadas con esta técnica son muy diversas, van desde las más pequeñas usadas en el adorno personal hasta otras algo mayores destinadas a la ornamentación. Hoy día no hay objeto que se resista al damasquinador: platos, cajas, relojes, joyas, espadas, cuadros, lámparas, pequeñas arcas…etc.
El tiempo y el espacio del damasquinado (el llamado Oro de Toledo) forma parte ya del devenir histórico de la ciudad de Toledo, habiéndose constatado la evolución propia de esta actividad que empezó sirviendo a las élites militares y nobiliarias y que ha alcanzado en la actualidad a las masas turísticas, sin perder, por ello, su esencia artística. Hasta tal punto es así que se ha convertido, junto con el mazapán, en la actividad más identitaria de la ciudad a nivel nacional e internacional.
La declaración del damasquinado toledano como Bien de Interés Cultural, con categoría de Bien Inmaterial, se justifica no sólo en sus valores históricos, artísticos y etnográficos, sino también por su valoración y aceptación social. Los toledanos y los turistas de todo el mundo que visitan la ciudad, son conscientes de que los damasquinadores han sabido preservar esta manifestación cultural, pasando esta actividad así a formar parte de la memoria colectiva de la población castellanomanchega, reforzándose los lazos identitarios regionales, infundiendo un sentimiento de pertenencia a nuestra cultura tradicional y formando parte de nuestro rico acervo cultural, en conclusión, del patrimonio cultural inmaterial de Castilla-La Mancha.
Damasquinado de Toledo
Damasquinado de Toledo