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06 Noviembre 2021

En 2021 se conmemora el V centenario del levantamiento comunero, la primera vez en la historia que se produjo una sublevación contra el poder absoluto de un rey. La revuelta tuvo la voluntad de intervenir en los asuntos políticos, descentralizar el poder y devolver a Castilla su estatus dentro de la Corona. Los comuneros trataron de implicar a la reina Juana en su causa, intentando que deslegitimara a su hijo, el rey Carlos I y encabezara la revuelta, hecho que nunca llegó a suceder.     

Isabel y Fernando tuvieron 5 hijos: Isabel, Juan, Juana, María y Catalina. La segunda hija de los Reyes Católicos, no estaba destinada por la línea sucesoria a heredar Castilla.

Juana cumpliría este otoño 542 años. Posiblemente sea en este blog la primera vez en que se la felicita pues, aunque creció con todas las comodidades (las que había en el contexto del final de la Edad Media y de los albores de la Modernidad), estamos ante una de las mujeres más incomprendidas de la Historia.

Nació el 6 de noviembre de 1479 en Toledo. Falleció el 12 de abril de 1555 en Tordesillas (Valladolid). Su venida al mundo tuvo lugar dos meses después de que se firmara el Tratado de Alcazobas con Portugal que puso fin a la guerra civil castellana librada entre Isabel y su sobrina, otra Juana, apodada “La Beltraneja”. El ocaso de Juana de Castilla se produjo cinco meses antes de que su hijo Fernando, en representación de su hermano, Carlos V, firmara la Paz de Augsburgo que marcó la confesionalidad de los reinos hasta el Tratado de Westfalia (1648).

Desde su infancia, Juana, a la que no llamaremos “La Loca”, pareció estar lúcida, sobre todo con la afición hacia la danza y la música, los hados la condujeron hacia el norte, como archiduquesa y princesa de Flandes. En 1496 se casó en Lier, en la provincia de Amberes con Felipe, el hijo de Maximiliano de Austria y María de Borgoña.

 

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Juana de Castilla por Juan de Flandes (Museo de Historia del Arte, Viena)

 

Pero una serie de fallecimientos desembocó en su retorno a la Península: en octubre de 1497 murió su hermano mayor Juan a los 19 años, según se dijo por sus excesos sexuales con su joven esposa Margarita; un año después pereció la hermana mayor de Juana, Isabel, casada con Manuel I de Portugal y, antes de su segundo cumpleaños, Miguel, hijo de estos y nieto de Isabel y Fernando, trasponía del mundo. Por ello, en 1500 Juana se convirtió en la única heredera de las coronas de Castilla y Aragón, implorándole su madre que volviera urgentemente de los Países Bajos.

Entonces nadie cuestionaba la capacidad de Juana para reinar. En 1501, el obispo de Córdoba, enviado por los Reyes Católicos como embajador a Flandes, informaba de que era “habida por muy cuerda y por muy asentada”. Ese mismo año, el embajador residente de España había llegado a decir que “en persona de tan poca edad no creo que se haya visto tanta cordura”.  Entre otras virtudes, demostraba gran soltura a la hora de tocar el clavicordio. La música no desaparecería de su tenebrosa vida, no en vano dio a luz a su hijo Carlos el 24 de febrero de 1500 durante un baile en Gante.

 

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Felipe el Hermoso y Juana la Loca en los jardines del castillo de Bruselas (Master of Affligem, 1495-1506. Museos Reales de Bellas Artes, Bélgica)

 

En cuanto Juana y Felipe llegaron a España, la reina Isabel dispuso los mecanismos para que las Cortes de Castilla reconocieran a su hija como heredera legítima al trono. El archiduque Felipe, relegado al rango de consorte, abandonó España seis meses después. La intención de Isabel era que Juana la sucediese en Castilla como reina propietaria, con o sin el apoyo del archiduque. Las Cortes de Toledo, reunidas en mayo de 1502, marcaron un punto de inflexión en la vida pública de Juana, pues empezó a ponerse en cuestión su idoneidad para gobernar. Cuando la reina Isabel redactó un último testamento existían serias dudas en torno a la salud mental de Juana.

Tras la muerte de Isabel la Católica en 1504, probablemente por cáncer de útero, el viudo quedó en una situación muy delicada en la corte castellana. Aunque el testamento nombraba a Fernando de Trastámara regente de Castilla hasta que su nieto Carlos (el futuro emperador del Sacro Imperio Germánico) alcanzara la mayoría de edad, la falta de apoyos entre la nobleza local y la llegada a España del padre de éste, Felipe el Hermoso, obligó al monarca a retirarse a Aragón. Precisamente la decisión de Isabel buscaba evitar que un extranjero se hiciera con la corona y que Juana fuera usada como marioneta.

Pese a todo el afecto que guardaba a Isabel, retratado en la frase "su muerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me podría venir…", lo cierto es que el consorte no esperó mucho tiempo antes de volver casarse. A la espera de recuperar la regencia, Fernando neutralizó el apoyo galo a su yerno Felipe por el Tratado de Blois y desposó, en octubre de 1505, a Germana de Foix, sobrina del rey de Francia Luis XII, quien cedió a la joven, de 18 años, los derechos dinásticos del reino de Nápoles y al aragonés, de 53, el título simbólico de Rey de Jerusalén.

 

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Doña Juana La Loca, por Francisco Pradilla (Museo del Prado, Madrid)

 

Como hemos dicho, Juana había nacido en Toledo, allí se había prendido la mecha del levantamiento de las Comunidades de Castilla. Ya desde el mes de abril de 1520, Toledo se negaba a acatar el poder real, mientras los predicadores invitaban a sumarse a la protesta contra los asesores flamencos.

Por aquellas fechas, Juana de Castilla ya estaba encerrada en Tordesillas, con su hija Catalina, ante los desprecios de sus guardianes, los marqueses de Denia. En Tordesillas Juana estuvo confinada durante 46 años, hasta su muerte en 1555, primero por orden de su padre, Fernando el Católico, y después por decisión de su hijo, Carlos I.

 

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Juana recluida en Tordesillas con la infanta Catalina, por Francisco Pradilla (Museo del Prado, Madrid)

 

El levantamiento comunero reconoció a doña Juana como soberana en su lucha contra Carlos I. Los vecinos de Tordesillas asaltaron el palacio de la reina obligando al marqués de Denia a aceptar que una comisión de los asaltantes hablara con Juana. Días después, Padilla se entrevistó con la soberana, explicándole que la Junta de Ávila pretendía poner fin a los abusos cometidos por los flamencos. Los comuneros querían proteger a la reina de Castilla, devolviéndole el poder que le había sido arrebatado, si es que ella lo deseaba. A esta declaración de intenciones, doña Juana respondió: “Sí, sí, estad aquí a mi servicio y avisadme de todo y castigad a los malos”.

Pero la Junta precisaba algo más que buenas palabras de la reina, necesitaba la firma real en los documentos, algo que habría provocado la caída de su hijo, Carlos I. Sin embargo, en esto los comuneros tropezaron con la férrea negativa de Juana. A finales de 1520, el ejército imperial entró en Tordesillas, restableciendo en su cargo al marqués de Denia. Juana volvió a ser una reina cautiva, como aseguraba su hija Catalina, cuando comunicaba al emperador que a su madre no la dejaban siquiera pasear por el corredor que daba al río: “Y la encierran en su cámara que no tiene luz ninguna”.

Hasta febrero de 1522, otra dama, María Pacheco, la viuda de Juan de Padilla, mantendría la resistencia en la ciudad del Tajo. A pesar de ser hija del conde de Tendilla, después, la leona de Castilla no fue acogida en el perdón general y, desprovista de su patrimonio, tuvo que marcharse al exilio a Oporto, donde falleció en marzo de 1531.

Con la Ley Perpetua, los comuneros redactaron la primera protoconstitución de la Historia, en este texto programático escrito en Ávila hace 500 años, Padilla, Bravo, Maldonado, Zapata, etc., pedían con el vocabulario del momento transparencia democrática, y anhelaban salvaguardar los derechos humanos no solo de los castellanos, sino que sus reivindicaciones tenían un carácter universal, para que tampoco en las Indias se cometieran ataques hacia los nativos.

Juana es nuestra reina” pudo haber sido el lema no solo de la sublevación ante la tiranía de unos ministros extranjeros, sino también pudo haber sido la consigna de mujeres que, como Ana Abarca o María Coronel, las viudas de Maldonado y de Bravo, y tantas otras anónimas pensaron que en la agenda política había llegado ya el momento del empoderamiento.

Autoras 

Doctora MARÍA LARA MARTÍNEZ y Doctora LAURA LARA MARTÍNEZ

Profesoras universitarias, escritoras, Premio Algaba, Hijas Predilectas de Castilla-La Mancha e historiadoras en radio y televisión.

 

 

 

 

 

 

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