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INCENDIOS
En las Ordenanzas generales del año 1833, al hablar sobre las operaciones preventivas en los montes, se señalaba que el peor enemigo era el fuego:
En los vientos, las aguas torrenciales, las nieves, los extremos de temperatura, los insectos, las necesidades de los pueblos montañeses y otras muchas causas encuentran los montes enemigos encarnizados, que los agobian y debilitan las poderosas fuerzas vitales, con que la Naturaleza les dotó; pero ninguno de éstos, ni aun todos ellos reunidos, son tan temibles por sus rápidos estragos como el fuego.
El fuego para los montes es a la vez su enemigo más implacable, es su terrible azote, es la guadaña destructora del océano vegetal secular, que cubre nuestras montañas.
La facilidad con que se puede prender un monte, sus terribles efectos imposibles de reparar en cierto modo: nada, pues, requiere más previsión y vigilancia que este asunto en la importantísima administración de la verde corona de nuestras montañas, de los montes arbolados, base de toda riqueza, regulador de los beneficios de los pueblos y lápida donde en caracteres indelebles está escrito el grado de su civilización.
Los incendios en los montes son una constante histórica, siendo unas veces fortuitos y en otras ocasiones provocados, con diversas consecuencias, siendo una de ellas el uso que se debía dar a la madera quemada, reutilizándola siempre que hubiese posibilidad.
Las tareas preventivas en los montes no faltaron y es mucha la documentación que se ha conservado hasta el siglo XX, que permite conocer, exactamente, los trabajos y medios económicos destinados a estas labores de prevención.
Los ayuntamientos y otras autoridades fueron los encargados de autorizar el uso posterior de la materia prima incendiada, concediendo o denegando las licencias a quienes solicitaban poder comprar aquella madera para usarla con diferentes fines.
Se muestran algunos de los muchos casos de estos históricos incendios, que, por otra parte, fueron de los delitos más frecuentes, según consta en los Registros de penados del Juzgado de Instrucción de Cuenca, a finales del siglo XIX y principios del XX.