Pasar al contenido principal

El damasquinado se identifica prioritariamente con la ciudad de Toledo, en cuyas calles se han ido estableciendo los talleres artesanos desde mediados del siglo XIX, asociándose también a los complejos militar de la Fábrica de Armas y formativo de la Escuela de Artes y Oficios Artísticos; los pequeños talleres, muchas veces en las propias viviendas de los damasquinadores se establecieron en las diversas áreas del casco histórico, especialmente en los barrios de la Antequeruela y las Covachuelas, aunque también en lugares de las afueras de la ciudad, cada vez más hacia las vías de entrada principales (carretera de Madrid) y hacia los espacios más vacíos del entorno del circo romano, pero también alcanzaron núcleos urbanos próximos a la capital, como Argés, Bargas, Illescas, Nambroca y Olías del Rey.

El término "damasquinado", que hace referencia a la ciudad siria de Damasco, es relativamente moderno en español y no aparece hasta el siglo XIX, probablemente procedente del francés damasquiner. Con anterioridad, en España se utilizaban los términos ataujía o atauja, definidos ya en 1611 por Covarrubias como una labor morisca de incrustación de oro o plata sobre hierro u otros metales. Esta definición técnica ha sido recogida y mantenida, con ligeras variaciones, en el Diccionario de la lengua española.

El origen de esta técnica es objeto de debate, con antecedentes muy antiguos en Egipto, Oriente Próximo, China y el ámbito indo-persa. En todos los casos se trata de la incrustación de metales nobles sobre soportes metálicos, técnica ampliamente desarrollada en Siria y, especialmente, en la Turquía otomana.

En la península ibérica existen ejemplos tempranos en época ibérica y visigoda, principalmente en armamento decorado con hilos de plata. Sin embargo, no se conservan armas andalusíes damasquinadas anteriores a los siglos XIII-XIV, ya que en Al-Ándalus predominó la decoración incisa frente a la incrustación.

El siglo XVI supuso la edad de oro del damasquinado occidental, ligado a la fabricación de armaduras de lujo, especialmente en Italia. Destacan las armaduras milanesas realizadas para los Austrias, así como ejemplos monumentales en Toledo, como las rejas de la catedral primada. En este periodo sobresale la figura del damasquinador Diego de Zayas, activo en las cortes europeas.

Durante el siglo XVIII, con la llegada de los Borbones, se desarrolló la fabricación de armas de lujo decoradas al gusto rococó. El impulso decisivo para el damasquinado toledano llegó en 1761 con la fundación de la Real Fábrica de Espadas y Armas de Corte de Toledo por Carlos III, que favoreció la concentración de artesanos especializados y la producción tanto militar como decorativa.

En el siglo XIX, la técnica se consolidó definitivamente en Toledo gracias a la transferencia de conocimientos desde los talleres armeros vascos y al establecimiento de talleres independientes. Entre finales del XIX y comienzos del XX se produjo una auténtica edad dorada del damasquinado toledano, con numerosos maestros, talleres familiares y una estrecha relación con la Fábrica de Armas y la Escuela de Artes y Oficios.

 

Artesanos damasquinadores trabajando en el taller de Damasquinos Bermejo. Toledo. 1961. Fondo Rodríguez. AHP Toledo.
Artesanos damasquinadores trabajando en el taller de Damasquinos Bermejo. Toledo. 1961. Fondo Rodríguez. Archivo Histórico Provincial de Toledo.

 

A lo largo del siglo XX, el oficio continuó transmitiéndose mediante talleres y sagas artesanales, aunque en las últimas décadas convivió con una producción industrial mecanizada.

 

El oficio de damasquinador

En el sistema gremial tradicional, el oficio de damasquinador se organizaba en tres categorías jerárquicas: aprendices, oficiales y maestros, cada una con funciones y responsabilidades claramente definidas. La maestría constituía la categoría más alta y era la que permitía al artesano abrir su propio taller. Además, el maestro asumía una responsabilidad total sobre la formación del aprendiz, comprometiéndose a enseñarle el oficio y supervisar su trabajo hasta alcanzar la habilidad suficiente. Los reconocimientos y premios obtenidos por un maestro también se atribuían al taller, ya que muchas obras se realizaban bajo su dirección por damasquinadores anónimos, reflejando así la importancia del liderazgo y la reputación en el ámbito gremial.

 

damasquinado
Bola de Hierro (Boleadero). Pieza pesada de hierro colado con una hendidura donde se sujeta la pieza a grabar con un taco de madera.

 

Los aprendices comenzaban a trabajar muy jóvenes, generalmente entre los trece y quince años, ingresando en la casa o taller del maestro. Durante los primeros años, sus tareas eran básicas: barrer, realizar recados y asistir en labores preparatorias. La formación práctica iniciaba con el manejo de la pez roja, una amalgama utilizada para fijar las piezas durante el trabajo de damasquinado. Esta operación requería calentar la pez con una lamparilla o soplete, lo que implicaba riesgos de quemaduras.

La pieza de acero, de entre 3 y 5 milímetros de grosor, debía ser limada varias veces antes de iniciar el picado, una red de finísimas incisiones sobre la que se incrustaría primero el hilo de plata, y posteriormente, con mayor destreza, el hilo de oro. Solo después de meses de práctica constante el aprendiz podía realizar pequeñas piezas con hilo de oro, e incluso algunas obras para los oficiales.

 

d
Manejo de la pez roja, una amalgama utilizada para fijar las piezas durante el trabajo de damasquinado.Amable Rodríguez. Maestro damasquinador en su taller

 

Una vez completada la incrustación, la pieza pasaba por un proceso de pavonado, mediante el cual el hierro adquiría un color negro uniforme. Posteriormente, se realizaba el repasado o cincelado utilizando distintos cinceles o “hierros”, para dar forma y relieve a las figuras. Finalmente, se bruñía el oro para lograr el brillo característico del damasquinado. Estos ejercicios se repetían innumerables veces hasta que el aprendiz adquiría dominio y precisión, un proceso que generalmente duraba de 4 a 6 años y hacía difícil alcanzar la categoría de oficial antes de los veinte años.

El oficial continuaba su formación trabajando bajo el mismo maestro, percibiendo un salario y perfeccionando su técnica durante un período que podía extenderse alrededor de diez años. Con la experiencia adquirida, podía acceder a la maestría, obtener la carta de artesano y establecer su propio taller, supervisando la formación de nuevos aprendices y asumiendo plena responsabilidad sobre sus obras y diseños. Casos concretos, como el de Mariano San Félix, ilustran esta trayectoria: tras ocho años de aprendizaje y trabajo en distintos talleres, obtuvo su carta de artesano en 1959 y fue nombrado maestro en 1961 tras superar un examen del Gremio de Damasquinadores de Toledo.

La complejidad y laboriosidad del trabajo se evidencia en la duración de cada pieza: por ejemplo, un joyero cincelado y damasquinado del catálogo de la casa Suárez de los años 50 fue cincelado durante 240 horas y damasquinado en 660 horas, sumando más de 900 horas de trabajo artesanal, reflejando la meticulosidad y la paciencia necesarias en este oficio. Además, estos tiempos de trabajo explican por qué los damasquinadores cobraban por horas y cómo se valoraba la calidad y precisión en cada pieza.

En conjunto, este sistema formativo reflejaba la profunda transmisión de conocimientos, la exigencia técnica y la importancia de la jerarquía gremial en el arte del damasquinado, asegurando que las técnicas tradicionales se conservaran durante generaciones y que los maestros continuaran la enseñanza de un oficio extremadamente especializado, ligado tanto a la tradición como a la innovación artística dentro de la ciudad de Toledo.
 

El taller de damasquinado

Desde finales del siglo XIX, Toledo vivió un auge de talleres de damasquinado, impulsado por el turismo y por la tradición artesanal. Muchos de estos talleres se instalaron en viviendas particulares del casco histórico, especialmente en barrios como la Antequeruela y las Covachuelas, así como en las afueras y en pueblos cercanos. La actividad artesanal era visible en las calles gracias al sonido del repiqueteo de los martillos y proporcionaba ingresos extra a numerosos toledanos.

 

Talleres Damasquinos de Bermejo 1961
Artesanos damasquinadores trabajando en el taller de Damasquinos Bermejo. Toledo. 1961. Fondo Rodríguez. Archivo Histórico Provincial de Toledo.

 

Dos instituciones jugaron un papel central en la producción y formación: la Fábrica Nacional de Armas y la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Toledo. La Fábrica destacó por sus talleres artísticos, premiados en exposiciones nacionales e internacionales desde mediados del siglo XIX, y por la fabricación de armas de lujo, regalos oficiales y objetos comerciales de calidad, como cuchillos, joyeros, bandejas o bisutería. La Escuela, por su parte, fue clave en la formación de damasquinadores, incorporando el damasquinado a su plan de estudios junto a otras disciplinas como cincelado, repujado y orfebrería.

Con el tiempo, a medida que evolucionaron las armas de fuego, el damasquinado perdió relevancia militar y se concentró más en la orfebrería y la joyería, consolidando a Toledo como un centro de excelencia en esta técnica artística.


El trabajo del damasquinado

El trabajo del damasquinado comienza con la pieza de acero cuidadosamente colocada en un soporte de madera, sujeta con una pasta que la mantiene firme mientras el artesano se prepara para transformarla. La primera fase, el picado, es todo un ritual: con una punceta o cuchilla templada, el maestro traza finísimos surcos sobre la superficie lisa del metal. Cada golpe debe ser medido y delicado, ya que de la profundidad y regularidad de estas incisiones depende la perfecta adherencia del oro o la plata. La pieza comienza a rugirse bajo la herramienta, como si despertara del frío acero para recibir el arte que se le va a imprimir.

 

Mariano San Félix Martín, maestro damasquinador.
Mariano San Félix Martín, maestro damasquinador.

 

A continuación, llega el dibujo del motivo, donde la creatividad y la técnica se encuentran. El damasquinador observa la pieza y decide cómo fluirán las líneas y las figuras: hojas, dragones, aves o escenas de caza. A veces traza los contornos directamente sobre el metal, otras utiliza reglas, compases y plantillas para guiar la mano. Cada línea debe anticipar cómo el oro seguirá el dibujo y cómo reflejará la luz cuando la obra esté terminada.

La fase de incrustación del oro es casi alquímica. Con ambas manos en perfecta coordinación, la izquierda presiona el hilo de oro con un pequeño punzón mientras la derecha lo guía y dibuja con paciencia el contorno de cada figura. Es un trabajo minucioso que transforma la superficie fría y dura del acero en un lienzo luminoso, donde la delicadeza de los hilos de oro cobra vida.

 

 

Amable Rodríguez. Maestro damasquinador en su taller
Amable Rodríguez. Maestro damasquinador en su taller. 

 

Una vez colocados todos los hilos, el artesano realiza el mateado, golpeando suavemente con un punzón plano para fijar el oro de manera definitiva. La pieza adquiere entonces una textura uniforme, lista para recibir el pavonado, un proceso que oscurece el acero y crea un contraste profundo con el brillo del oro. Sumergida en soluciones químicas a altas temperaturas, la pieza se transforma, y el gris del hierro se vuelve negro, casi como si la sombra misma abrazara al metal precioso.

Finalmente, el repasado o sombreado da movimiento y vida a la obra. Con punzones de formas diversas y bruñidores, el damasquinador destaca las luces y sombras, sugiriendo relieves y volúmenes, mientras el oro vuelve a brillar en todo su esplendor. Existen técnicas especiales, como el damasquinado en relieve, que permite crear figuras volumétricas modeladas a mano, y el cajeado árabe, donde se incrusta plata en surcos finamente tallados, golpeando con precisión para formar pequeñas perlitas que parecen brotar de la superficie.

Cada pieza es un testimonio de paciencia, habilidad y creatividad. Lo que al observador puede parecer un simple objeto de metal, en realidad es el resultado de horas, días e incluso semanas de trabajo delicado, donde la destreza del artesano convierte el hierro en oro y la técnica en arte. En el taller del damasquinador, cada golpe, cada hilo de oro y cada sombra creada es un acto de magia artesanal que ha sido perfeccionado a lo largo de siglos.


Los materiales del damasquinado

Los materiales principales del damasquinado son el acero y el oro, adquiridos por el artesano a proveedores especializados. El oro utilizado es puro, de 24 kilates, mucho más delicado y valioso que el “oro de ley” de 18 kilates empleado en joyería. Para lograr contrastes y efectos estéticos se usa ocasionalmente oro verde, una mezcla de oro y plata. La pureza del oro lo hace blando y frágil, por lo que, en objetos de uso, a veces se mezcla con otros metales para darle consistencia. La plata también empleada es pura, de mil milésimas. Los hilos y láminas de oro y plata se obtienen mediante trefilación y laminación, procesos industriales que antes realizaban manualmente los artesanos.

Otro material esencial es la pasta, mezcla de resina, pez negra, sebo y almagre, utilizada para sujetar las piezas al soporte de trabajo. Se calienta la pasta con una lamparilla o soplete, se incrusta la pieza en ella y, al enfriarse, queda lista para el trabajo. Para evitar desprendimientos, algunos artesanos aplican aceite en la parte posterior de la pieza.

Finalmente, para el pavonado, que oscurece el acero y resalta el oro, se emplean sosa cáustica y nitrato de potasa a altas temperaturas, alternando inmersiones en agua fría y caliente y terminando con una capa de aceite, logrando un negro uniforme que contrasta con el oro.


Las herramientas del damasquinador

Las herramientas del damasquinado son pocas, pero esenciales y altamente especializadas, y su evolución a lo largo del tiempo fue mínima, pues la técnica requería precisión más que cantidad de instrumentos. Muchos de estos utensilios eran fabricados por los propios artesanos, adaptándolos a sus necesidades y a cada tipo de trabajo, y mejorándolos con temple y revenido en la zona de uso. Así surgían punzones, buriles y bruñidores de formas curiosas y particulares, diseñados para realizar labores muy concretas sobre el metal.

Entre todas las herramientas, destaca la bala o bola de damasquinado, un pesado bloque de hierro de entre 13 y 15 kilos que funciona como soporte estable. Posee un habitáculo donde se fija un taco de madera mediante un tornillo, y en él se adhiere la pieza con una pasta especial, caliente y maleable. La base triangular de la bola permite que el artesano mueva la pieza con libertad, inclinándola o girándola para trabajar cada detalle sin limitaciones.

Taller de Damasnquinado

Herramientas del damasquinador.

 

La maceta, un pequeño martillo ligero con un remate semiesférico, es utilizada para golpear suavemente el hilo de oro y asegurar su incrustación, además de servir en procesos delicados como el sombreado o el perlado. Los punzones son una familia de herramientas igualmente esenciales: algunos planos para incrustar, otros de base plana para matear, de brillo para repasar, finos para sombrear, agudos para puntear o circulares cóncavos para el perlado. Cada punzón tiene su función específica, y el artesano los escoge según la labor a realizar.

Los buriles también se usan de varias formas: unos se manejan con la mano izquierda y se golpean con la maceta para realizar incisiones profundas; otros son manuales y se usan a pulso, con el ángulo y la forma de la punta adaptados a cada detalle de la pieza. La punceta, una cuchilla de acero templado, sirve para rayar y preparar la superficie del metal donde se incrustará el oro, y el bruñidor permite dar el acabado final, devolviendo brillo y vida a las figuras.

Finalmente, se utilizan herramientas de dibujo, como reglas y compases, para delinear los motivos sobre el metal antes de empezar la incrustación. Cada herramienta, aunque simple en apariencia, se combina con precisión y destreza en manos del damasquinador, convirtiendo los materiales más duros en delicadas obras de arte donde el oro y la plata se fusionan con el acero de manera armoniosa y brillante.

Los estilos del damasquinado

En el damasquinado toledano destacan dos estilos tradicionales: el árabe y el Renacimiento, aunque en tiempos recientes los jóvenes artesanos experimentan con motivos modernos más acordes a los nuevos gustos.

El estilo árabe se caracteriza por sus composiciones geométricas complejas, llamadas atauriques, basadas en polígonos regulares que generan redes de formas entrelazadas, como círculos, cuadrados, rombos, hexágonos, estrellas de múltiples puntas y lazos que se repiten simétricamente. A veces se combinan con motivos vegetales estilizados, como acantos, hojas de vid, palmetas y rosetas, creando arabescos hipnóticos en los que el movimiento rítmico y la repetición generan un conjunto armónico en el que ningún detalle predomina sobre el todo.

 

 

Cofre de estílo árabe
Damasquinado de estílo árabe .

Por su parte, el estilo Renacimiento, influido por el arte plateresco, es más exuberante y figurativo. La decoración se llena de grutescos y follaje animado, con elementos fantásticos y seres híbridos: troncos humanos que terminan en colas de pez, figuras aladas, cabezas de animales sobre torsos humanos, pájaros y cabezas equinas que surgen entre flores, rinceaux elaborados y todo un universo ornamental que invade el espacio con dinamismo y riqueza de detalle.

 

Damasquinado de estilo Renacentista.
Damasquinado de estilo Renacentista. Mariano San Félix

 

Ambos estilos muestran la maestría del damasquinador en combinar geometría, naturaleza y fantasía, y reflejan cómo el arte toledano ha sabido fusionar tradición y creatividad a lo largo de los siglos.

 

Damasquinado de estilo Renacentista.
Damasquinado con la ciudad de Toledo. Mariano San Félix

 

El damasquinado de Toledo no es solo una técnica artesanal, sino un verdadero patrimonio histórico, artístico y cultural que refleja siglos de tradición, maestría y creatividad. Cada pieza es testigo del ingenio de los artesanos, de su paciencia, destreza y conocimiento transmitido de generación en generación. Desde los talleres del casco histórico hasta los grandes centros formativos como la Fábrica de Armas y la Escuela de Artes y Oficios, esta técnica ha marcado la identidad de la ciudad y ha contribuido al prestigio de Toledo dentro y fuera de España.

Todo ello ha hecho que hoy se publique la declaración del Damasquinado de Toledo como Bien de Interés Cultural, con la categoría de Bien Inmaterial.

Artículo realizado en base al texto de su Declaración.

Comentarios: 2

Marcos Salazar Ruiz el Vie, 16/01/2026 - 21:18

Excelente reportaje que ayuda a mantener y proteger una historia en el mundo del arte,......que es parte de Toledo y su historia!!

.Cecilia Giménez el Vie, 23/01/2026 - 23:11

Excelente artículo.
Gracias por dar visibilidad a la técnica del damasquinado con tanto detalle y respeto por la tradición.

Deja un comentario

HTML Restringido

  • Etiquetas HTML permitidas: <a href hreflang> <em> <strong> <cite> <blockquote cite> <code> <ul type> <ol start type> <li> <dl> <dt> <dd> <h2 id> <h3 id> <h4 id> <h5 id> <h6 id>
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de correos electrónicos y páginas web se convierten en enlaces automáticamente.