Justicia en tiempos de guerra: el emisario de Wellington que acabó en la cárcel de Casasimarro (Cuenca) en 1812. Documento del mes de mayo 2026 del Archivo Histórico Provincial de Albacete
Este año el Consejo Internacional de Archivos (ICA/CIA) ha elegido para nuestra conmemoración de 2026 el lema "#ArchivosParaLaJusticia: Derechos, memoria y futuros"
En el corazón de la guerra de la Independencia, la línea que separaba a un héroe de un traidor podía ser tan delgada como el papel de un pliego oficial. El expediente AHPAB 577/17 del Archivo Histórico Provincial de Albacete nos traslada a una noche de agosto de 1812, donde la justicia, el miedo y el espionaje se cruzaron en el camino de un hombre llamado Mateo Hurtado, natural de Arganda y domiciliado en Vallecas.
Una misión de alto riesgo
Mateo Hurtado no era un viajero cualquiera. Actuaba como conductor y comisionado a las órdenes directas de Lord Wellington, duque de Ciudad Rodrigo. Su misión era crítica: transportar un pliego cerrado con instrucciones militares que debía entregarse, en el menor tiempo posible, en mano del general O’Donnell, jefe del segundo y tercer ejército, para coordinar a los generales españoles y aliados.
Para asegurar su éxito, contaba con órdenes que obligaban a las autoridades locales a facilitarle caballos y suministros. Sin embargo, al llegar a Casasimarro (Cuenca) a las once de la noche del día 18 de agosto, la hospitalidad fue sustituida por los grilletes. Sin que sirviesen de nada las súplicas de Hurtado para que lo llevasen a Tarazona de la Mancha, donde era conocido por muchas personas —incluido el corregidor—, se le denegó cualquier auxilio; pidió ser asistido por un escribano público que diese testimonio, pero ninguna de sus consideraciones fue aceptada; por el contrario, fue arrojado a la cárcel, donde se le despojó de dinero, silla de montar, órdenes, pasaporte, látigo y todas sus ropas, «salvo la camisa por decencia».
La violación del secreto: el mensaje encriptado
Las autoridades locales le arrebataron a Hurtado el pliego, que estaba cerrado con lacre, una medida de protección que garantizaba que solo el destinatario conociera los planes de guerra. Para ratificar las sospechas de sus opresores, el mensaje estaba encriptado. La apertura no autorizada del mensaje que incurría en un delito grave contra la seguridad del ejército fue interpretada por los de Casasimarro como sagacidad por haber detenido a un «afrancesado» o enemigo disfrazado.
El azar: su abogado defensor
En aquella maniobra se perdieron más de cuatro horas y así hubiera continuado si no fuera porque se acercó a la cárcel un postillón de Pozo de la Peña, que denunció el atentado al administrador de Correos del partido de San Clemente, quien despachó orden inmediata para recoger a Hurtado y su material incautado. Lo más curioso de este expediente de justicia es que el propio Hurtado, una vez libre, solicitó un testimonio oficial de su detención. No busca venganza, sino una prueba legal que justificara ante Wellington por qué el mensaje llegó tarde. En un contexto donde el retraso en una orden podía costar una batalla, el auto emitido por el juez, José Piqueras Luján, se convirtió en su único escudo legal.
¿Por qué la confusión?
El documento nos revela que las tropas francesas ocuparon Tarazona de la Mancha el 21 de agosto, dos días antes se había redactado el auto que conocemos. La detención de Hurtado tuvo lugar el 18 del mismo mes y en este intervalo, el protagonista fue hecho prisionero por los franceses y se dio a la fuga en Alarcón. Esto indica la extrema tensión que sufrió la zona durante la guerra: su condición de lugar de paso hacía que cualquier desconocido con órdenes especiales fuera visto como sospechoso.
Hoy, gracias a que este testimonio sobrevivió al avance de las tropas y al paso de los siglos, podemos dar fe de que Mateo Hurtado cumplió con su deber, rescatando su historia del olvido en las estanterías de nuestro archivo.